jueves, 7 de mayo de 2009

Se robaron la regalona.

La habíamos comprado con mucho sacrificio. Era una Chevrolet Combo del 2000 que habíamos rematado en un banco gracias a un contacto, y que estaba en un garage reparada después de un siniestro. Felices, orgullosos, teníamos camioneta y ahora podíamos hacer los despachos de manera más digna, antes los hacíamos o en el auto, o en un carro tirado por el auto, (¡ordinariazo, pues!). Le vamos a imprimir la imagen corporativa de la empresa, decíamos, y le asignamos un colaborador para que la manejara y la cuidara y la lavara y la arrullara tal como uno arrullaría a una regalona por la cual hubiera pagado 2,5 palos.
Y se usó, bastante, sirvió para mover mercaderías hacia y desde, a veces para llevar personal hacia y desde; el problema fue que el supuesto colaborador era más un descolaborador que lo otro y con el pasar de los meses la regalona comenzó a ajarse, comenzó a percudirse, producto del uso, nos decían, pero yo creo que era más producto del mal uso que del uso. ¡Ay, don Baldo, usted siempre tan negativo! me retaban. Pero ya no era la misma del comienzo; que le habían robado la radio, que la habían chocado por culpa de otro que arrancó, que ya no tenía espejo retrovisor, que aún conservaba ripio, (sí, ripio o áridos) en partes ocultas del piso de la carrocería, en fin, ya no era la misma. Tenía, la regalona, la rara característica de que le pasaban cosas sin que ningún humano interviniera por lo cual no era posible evitar los problemas. ¿Cómo luchar contra fantasmas?
Un fatídico día viernes en la tarde, después de la hora de trabajo, de adentro de la fábrica, la regalona desapareció. ¡Se peyó! dijo el niñito. Y no la vimos más. Se hizo la correspondiente denuncia en carabineros (nótese que escribí carabineros con minúscula), se le asignó un número de no sé qué cosa, y a esperar, nos dijeron; estos vehículos aparecen a los pocos días, nosotros les avisaremos. El robo fue muy raro. No hubo forzamiento de chapas ni candados y del recinto nadie la vio salir. Y esperamos. Cada cierto tiempo íbamos a preguntar y nos respondían; Negativo, no hay ningún reporte, si hay novedades le avisaremos.
Pasó un año hasta que un buen día apareció un señor carabinero por la portería preguntando por nosotros a una hora no hábil. Al día siguiente acudimos para saber qué novedades habían y nos comunicaron que la regalona estaba encorrales (como un animal, ¿se imaginan?); fuimos a corrales por allá lejos, preguntamos, y ahí estaba ella, agachadita y humilde como si hubiera sabido siempre que no había buenas intenciones con ella. No nos dejaron ni acercarnos a ella. Estaba toda piñinienta, parecía piltraja, más que cuando la teníamos nosotros y juraría que tiró a reconocernos porque meneaba el parachoques trasero como si fuera una verdadera colita. Cuando, pasadas las emociones del reencuentro, quisimos llevárnosla de vuelta al hogar, el funcionario de corrales no nos dejó aduciendo que teníamos que pagar estacionamiento. ¿Y cuánto será eso, caballero? preguntamos. Tres millones de pesos, escupió luego de sacar unas cuentas y mirar una serie de papeles. ¿Y por qué tanto, caballero? nos atrevimos a preguntar suavecito para que no se fuera a enojar. Lo que pasa, volvió a escupir, es que este vehículo lleva acá casi un año; desde el tanto del tanto del tanto, por lo que el estacionamiento cuesta lo que dije; la mandó para acá Carabineros (nótese que se refirió respetuosamente, con mayúscula) porque apareció botada en tal y tal parte. La fecha coincidía con el día pasado mañana del día cuando nos la robaron y el lugar coincidía con tres cuadras lejos de nuestra fábrica. ¡Que raro! ¿cierto? Como no teníamos la plata para retirarla, el funcionario de corrales nos amenazó con que en una semana más se cumplía el plazo para retirarla y que si no la retirábamos, iría a remate. Parece que la cara que teníamos daba mucha pena porque de repente nos dijo que por seiscientos mil pesos podíamos retirarla, claro que sin dejar constancia. Les juro que me emocionó la buena voluntad del funcionario de corrales. Sacrificaba ingresos por ayudarnos. Noble, un santo. No teníamos esa cantidad así que no tuvimos que retirar y pensar cuál sería nuestro próximo paso. En realidad, nuestro próximo paso obligado ha sido la resignación porque hasta la fecha no nos ha sido posible recuperar a la regalona a pesar de los esfuerzos y antesalas que hemos tenido que hacer. Cuando a un funcionario le manifestamos la falta que nos hacía (en nuestros afectos, no en nuestras actividades), este señor nos dijo que la culpa la teníamos nosotros por encariñarnos tanto así que la próxima vez, pordiosito que no vamos a querer a ninguna, nunca más..

Don Baldomero.

P.S. Juroqueloquecontéesciertoysialguienquierenombrespuedodárselos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

yo quiero nombres...fuertes y claros!!!
con lospacos siempre pasa lo mismo, nunca estan cuando uno los necesita...pero si te mandas una cagada, ahi siempre estan....
atte cyberfox18